Los Países Bajos (y por Países Bajos me refiero a lo que hoy conocemos como Holanda, Bélgica sin Lieja, Luxemburgo, y el norte de Francia que circunda a Lille) son tierras de contrastes. Tal afirmación la sustento únicamente en mis observaciones a lo largo y ancho de algunas de las regiones que componen el conglomerado sociocultural que son los Países Bajos, y por lo tanto todo lo que viene a continuación, que sólo trata de extender la frase anterior, está sujeto a mi visión subjetiva -como debiera resultar obvio por ser este espacio una bitácora personal-.
En Flandes, por ejemplo, donde desde tiempos del Rey Carlos hasta hace bien poco el neerlandés se consideraba una lengua de campesinos y criados y en la vida pública sólo tenía cabida el francés, hoy en día casi cualquier flamenco tuerce el gesto si se te ocurre dirigirte a él en lengua gala. El neerlandés -llamado por ellos flamenco- es la lengua única, a pesar de que a flamencoparlantes de variedades dialectales separadas apenas cincuenta kilómetros entre sí les cueste entenderse mutuamente. En cambio, en Mastrique -o Maastricht- cada rótulo de cada calle y cada documento oficial está escrito en neerlandés normativo y en limburgués, que es el dialecto de la región. ¿Por qué no hacer lo mismo, por ejemplo, en Oostende con el flamenco occidental y el neerlandés? Imagino que el motivo de esta diferencia sea que el idioma en Flandes se convirtió en vehículo de la identidad de una nación históricamente subyugada a otra, mientras que en Holanda los holandeses son soberanos de su Estado desde hace más de cuatro siglos, salvo interrupción napoleónica, claro está.
Hablaré ahora del carácter de los habitantes de Flandes, por ser a quienes mejor conozco. Antes de venir aquí los imaginaba como un pueblo centrado en el trabajo, más bien aburrido, casero y cerrado. Bien, nada más lejos de la realidad. Trabajan, sí, pero no tanto como creía, es más, no tanto como los españoles. El ocio lo valoran por encima de todo lo demás, y no toleran ningún recorte en esto; en cuanto al lugar ideal para su disfrute, para el flamenco y más concretamente para el gantés, ese sitio es la calle. En el número de bares, tabernas y cafeterías por habitante, Gante no tiene nada que envidiar a cualquier ciudad española, y todos estos establecimientos están siempre bullendo de personas de toda edad y condición que pasan su tiempo al calor de una conversación y de un chupito de ginebra o una buena jarra de cerveza, que en eso bien hay donde elegir. Y no sólo las tabernas se llenan de individuos sedientos, sino también sus terrazas, puestas y dispuestas verano e invierno, en cuanto la lluvia anuncia una tregua o un rayito de sol parece asomar tras las nubes. Quizás debido al clima, el flamenco es frío y distante en una primera toma de contacto, pero una vez superada la barrera del saludo y avanzada la conversación -si es interesante-, muestra una cara mucho más abierta. En esto el flamenco me recuerda al castellano, y eso le hace a quien esto suscribe sentirse como en casa. ¡Ay, si me oyese el Conde Duque!

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