Nunca hay oscuridad absoluta,
no existe el completo silencio.
Siempre se oye un zumbido,
un murmullo, un repiqueteo,
algún alarido lejano
quebrantando la opalina claridad
de la helada noche neblinosa.
Siempre aparece un resquicio de luz
que se cuela furtiva por debajo de la puerta
o que fluye pesada y lenta
por entre las lamas metálicas de la cortina.
Nunca hay tregua.
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