Berlín es, de lejos, el lugar más bizarro de entre los más bizarros que jamás haya pisado. Y digo lugar, a modo genérico, porque tengo algunas reservas a la hora de concretarlo como ciudad... o como cualquier otra cosa. Es más bien una aglomeración de edificaciones, ferrocarriles, ruinas, rascacielos, bosques y avenidas, todo ello inundado caprichosamente de una marea humana y animal que le da esa cohesión propia de un único ente y de un ente único.
Berlín es, de necesidad, un espacio esquizofrénico. La huella del muro aún es visible, no sólo debido al hecho vacuo de la conservación de su trazado marcado en el suelo, sino a la división efectiva que aún hoy se mantiene. Ya no hay parte comunista y occidental, ya no existe eso de Berlin Est, y Alexander Platz es hoy una meca del capitalismo que acabará sembrada de rascacielos no tardando mucho. La división de la que hablo es mucho más íntima, más fundamental. Por un lado está el Berlín a lo ciudad europea, a lo París o Londres, con sus avenidas, sus monumentos, sus museos, sus memoriales, sus locales exclusivos y sus tiendas chic. Y por otro está el Berlín... alternativo. Éste es un Berlín algo extraño, con un aire suburbial, donde lo que dominan son los Kebabs, los puestos ambulantes de perritos, las salas de exposiciones oscuras y pequeñas, los garitos asfixiantes. Lo que le da ese toque dislocado a Berlín, ese carácter tan radicalmente distinto a cualquier otro sitio es que todo esto se mezcla caprichosamente, sin orden ni concierto, como en un alarde de anti-urbanismo.
Lo normal en Berlín, por ejemplo, es ir caminando por la céntrica Friedrichstraße e irse encontrando alternativamente varias joyerías, después un campamento okupa de artistas -el Kunsthaus Tacheles- que viven y trabajan allí mismo, en el solar que hace cien años albergaba al centro comercial más grande y lujoso de todo Berlín, un palacio, el río Spree con su isla de los museos, más palacios, una estación de ferrocarril por encima de los edificios, más tiendas caras, las avenida Unter den Linden, muchísimas más tiendas caras, Gendarmen Platz (la plaza más bonita de la ciudad), el muro, la caseta de un puesto de control fronterizo del ejército americano (¿!), el distrito gubernamental de los nazis, un bosque... y si sigues caminando, casas, casas y más casas, luego el aeropuerto de Tempelhof -que está en el centro- y luego más y más casas, más bosques, más ríos, más casas...
Pero lo mejor de Berlín, sin duda, es la gente y su forma de mezclarse: auténticos punks de los ochenta, pijos, góticos, hippies, currantes, ociosos, turistas, turistas, turistas... todos juntos, en amor y compañía.
En fin, Berlín, un lugar francamente impactante. Quizás otro día escriba algo más...