lunes, 24 de mayo de 2010

... y cierra...

Se acabó:


Este tercio se vuelve a las españas, con la cabeza bien alta y la sensación analgésica del deber sobradamente cumplido. Quiera el Señor que nuestro buen Rey estime justamente el esfuerzo de quien esto suscribe, y tenga a bien otorgarme la licencia y los maravedís prometidos, a pesar de la muy hispana bancarrota de sus Estados.

Vuelvo a casa. Al menos hasta que la miseria, el hastío o el hartazgo me impulsen de nuevo a embarcarme en otra guerra que no es la mía, a exiliarme en algún remoto rincón del vasto campo de batalla que es Europa.

Hasta entonces sólo queda malvivir sumergido en una sociedad que ya no es la propia, y arrastrarse al amparo de la oscuridad por los estrechos callejones de la administración, peleando a capa y espada por una beca, una ayuda, una subvención o, ¡pardiez, unas prácticas!

Qué dura es la vida del soldado en Flandes... ¡y qué duro su regreso!

miércoles, 5 de mayo de 2010

Berlín

Berlín es, de lejos, el lugar más bizarro de entre los más bizarros que jamás haya pisado. Y digo lugar, a modo genérico, porque tengo algunas reservas a la hora de concretarlo como ciudad... o como cualquier otra cosa. Es más bien una aglomeración de edificaciones, ferrocarriles, ruinas, rascacielos, bosques y avenidas, todo ello inundado caprichosamente de una marea humana y animal que le da esa cohesión propia de un único ente y de un ente único.

Berlín es, de necesidad, un espacio esquizofrénico. La huella del muro aún es visible, no sólo debido al hecho vacuo de la conservación de su trazado marcado en el suelo, sino a la división efectiva que aún hoy se mantiene. Ya no hay parte comunista y occidental, ya no existe eso de Berlin Est, y Alexander Platz es hoy una meca del capitalismo que acabará sembrada de rascacielos no tardando mucho. La división de la que hablo es mucho más íntima, más fundamental. Por un lado está el Berlín a lo ciudad europea, a lo París o Londres, con sus avenidas, sus monumentos, sus museos, sus memoriales, sus locales exclusivos y sus tiendas chic. Y por otro está el Berlín... alternativo. Éste es un Berlín algo extraño, con un aire suburbial, donde lo que dominan son los Kebabs, los puestos ambulantes de perritos, las salas de exposiciones oscuras y pequeñas, los garitos asfixiantes. Lo que le da ese toque dislocado a Berlín, ese carácter tan radicalmente distinto a cualquier otro sitio es que todo esto se mezcla caprichosamente, sin orden ni concierto, como en un alarde de anti-urbanismo.

Lo normal en Berlín, por ejemplo, es ir caminando por la céntrica Friedrichstraße e irse encontrando alternativamente varias joyerías, después un campamento okupa de artistas -el Kunsthaus Tacheles- que viven y trabajan allí mismo, en el solar que hace cien años albergaba al centro comercial más grande y lujoso de todo Berlín, un palacio, el río Spree con su isla de los museos, más palacios, una estación de ferrocarril por encima de los edificios, más tiendas caras, las avenida Unter den Linden, muchísimas más tiendas caras, Gendarmen Platz (la plaza más bonita de la ciudad), el muro, la caseta de un puesto de control fronterizo del ejército americano (¿!), el distrito gubernamental de los nazis, un bosque... y si sigues caminando, casas, casas y más casas, luego el aeropuerto de Tempelhof -que está en el centro- y luego más y más casas, más bosques, más ríos, más casas...

Pero lo mejor de Berlín, sin duda, es la gente y su forma de mezclarse: auténticos punks de los ochenta, pijos, góticos, hippies, currantes, ociosos, turistas, turistas, turistas... todos juntos, en amor y compañía.

En fin, Berlín, un lugar francamente impactante. Quizás otro día escriba algo más...

viernes, 16 de abril de 2010

Ich bin ein Berliner

Dice la leyenda urbana que cuando Kennedy pronunció esas palabras queriendo decir que era un berlinés, lo que dijo realmente es "soy un donut cremoso". Esto es una estupidez, pero es más divertido creer que fue así, y más aún teniendo en cuenta lo irónico que resulta que lo dijera apenas cinco meses antes de que Lee Harvey Oswald (o quien fuera) le agujereara como a tal.

El caso es que yo mismo en este preciso momento debería estar repitiendo esa frase en el subsuelo berlinés, tratando de descifrar carteles ininteligibles llenos de palabras imposiblemente largas con diéresis y betas raras por doquier, peleándome con su sistema de transporte público para tratar de llegar al centro. En lugar de ello, estoy aquí clavado a mi silla del laboratorio escribiendo esta basura. Y todo por culpa de un volcán islandés que no ha podido elegir mejor el momento de entrar en cólera. Habrá tenido problemas con la administración vikinga.

Esperemos que mañana sí haya vuelo. Hasta entonces no queda sino gritar orgulloso: "Ich bin ein Icelander!"

European Tour 2010 - Última parte

Luxemburgo es un país minúsculo, diminuto, mínimo, ridículamente pequeño. En superficie se ve ampliamente superado por cualquier provincia española (salvo Guipúzcoa y Vizcaya, pero esas son caso aparte), y su medio millón escaso de habitantes se esparce a lo corto y estrecho más que a lo largo y ancho de su batiburrillo de distritos, cantones, comunas y ciudades. Aunque en el país tienen cierta importancia las industrias del acero, la química y algunas otras, su actividad económica se centra en el sector financiero, lo cual hace de Luxemburgo, de lejos, el primer país del mundo en producto interior bruto per cápica, pero por contra lo sitúa en un delicado equilibrio a expensas de las fluctuaciones del mercado. En cualquier caso, uno se da cuenta inmediatamente de que aquel es un lugar en el que no se debe de vivir nada mal, y si no no hay más que fijarse en sus coches, sus casas, o sus espacios públicos.


La misma existencia de Luxemburgo, su pervivencia hasta el día de hoy, es una de esas rarezas históricas que reducen al absurdo el mapa político europeo. Rodeada durante siglos por las principales potencias, sitiada, pasada mil veces de unas manos a otras, borgoñones, españoles, austríacos, holandeses, franceses, alemanes... y cada uno aportando una nueva muralla, un baluarte, una torre y qué se yo, hasta convertir aquel enclave en una fortificación magnífica, en un Gibraltar del norte.
Tras dejar atrás la ciudad fortaleza, nos internamos en las ondulaciones de las Ardenas belgas, tachonadas de frondosos bosques cubriendo sus montes de piedra casi negra. A través de estos parajes impenetrables es por donde los nazis tomaron Francia y los Países Bajos en un par de meses, al principio de la Segunda Guerra Mundial, y también donde recibieron una herida mortal recién estrenado el año 45 que precipitaría el final de la guerra en Europa. Para recordar aquella batalla hay un par de tanques aliados en La Roche-en-Ardenne, población por cierto preciosa que conserva un señorial castillo negro del siglo XI y una iglesia que unidos a esos dos tanques conforman un cuadro cuanto menos pintoresco... será que les gusta la variedad.


Aquí nos encontramos con algunos compañeros de batallas que estaban destacados en estas tierras según el uso de los comandos, y a nosotros se unieron hasta la siguiente etapa: Rochefort. En esta pequeña villa destacan allá en lo alto las ruinas de su castillo, y más alto aún resulta de interés la réplica de la capilla de Loreto, virgen negra incluida.

De nuevo solos nos encaminamos a Dinant, ciudad que de pronto se te echa encima, abalanzándose a través de un tajo en la montaña que la sirve de muralla natural. Con el recuerdo de la abadía de Leffe en plena ruta de la cerveza, y de su peculiar catedral de cara al Mosa, a modo de muda testigo de la agonía de nuestro último día de viaje, ensillamos por última vez nuestras monturas y regresamos a Gante con la agridulce sensación que proporciona la conclusión de toda historia.


Quedan atrás más de mil kilómetros, mucha gente, y varias ciudades y pueblos con infinidad de nombres distintos cada uno, tantos como idiomas se han hablado alguna vez en ellos, reflejando la riqueza de su historia y la complejidad cultural que puede llegar a manifestarse en un área tan reducida y tan próxima. Queda seguir viajando, siempre.

jueves, 15 de abril de 2010

European Tour 2010 - Tercera parte

Al amanecer del día diez, Colonia ya nos esperaba. Pero tuvo que esperar un poco más, pues, ya ven lo que son los contratiempos, mi compañera de viaje se levantó con conjuntivitis. Tras aplicarse el ungüento que nos proporcionó un boticario local, ya sí que estuvimos listos para nuestra visita. El espacio que ocupan hoy un millón de personas y que es conocido por ellas como Köln fue prácticamente bombardeado hasta los cimientos en la Segunda Guerra Mundial, de ahí que todo el centro tenga ese aire sobrio de los cincuenta, aunque las calles conserven su trazado medieval. Enseguida la catedral se confirmó como la mole que parecía al abrigo de la noche anterior, dominando toda la ciudad merced a la altura de sus gruesas torres. El resto de Colonia es una ciudad moderna y comercial salpicada por un puñado de iglesias románicas reconstruidas tras la guerra que parecen estar siendo fagocitadas por edificios de acero y vidrio.

A mediodía continuamos nuestra ruta, sacrificando el paso por Fráncfort y dirigiéndonos directamente a Trier, la romana Tréveris, una de las cuatro capitales del Imperio Romano en tiempos de la Tetrarquía. Es esta una pequeña ciudad creo que desconocida, y desde luego muy sorprendente, que conserva varios vestigios romanos en razonable buen estado: el anfiteatro, varias termas, un puente sobre el Mosela, la “Porta Nigra” y el Aula Palatina, que es la sala de mayores proporciones que nos ha llegado desde la antigüedad, hoy templo protestante y antaño salón del trono del palacio de Constantino I el Grande. Espectaculares son también la iglesia de Nuestra Señora y la adyacente catedral de San Pedro, construida entre los siglos IV y XVII y en la que cada elemento permanece fiel al estilo de la época en que fue añadido.

Al caer la tarde partimos de Trier con nuestra mirada puesta en el cercano Gran Ducado de Luxemburgo. Allí encontramos refugio en el pequeño pueblo de Buerglënster, enclavado en lo más recóndito de las montañas del distrito de Gravenmachter. La sobrecogedora imagen de la sombra de su castillo de cuento de brujas cerniéndose sobre la población se evaporó en cuanto escalamos hasta su misma puerta para descubrir que había sido convertido en un complejo de restaurantes y salas de exposiciones. Con la tranquilidad de saber que no habíamos ido a caer en un pueblo maldito, dormimos como nunca antes.