A mediodía continuamos nuestra ruta, sacrificando el paso por Fráncfort y dirigiéndonos directamente a Trier, la romana Tréveris, una de las cuatro capitales del Imperio Romano en tiempos de la Tetrarquía. Es esta una pequeña ciudad creo que desconocida, y desde luego muy sorprendente, que conserva varios vestigios romanos en razonable buen estado: el anfiteatro, varias termas, un puente sobre el Mosela, la “Porta Nigra” y el Aula Palatina, que es la sala de mayores proporciones que nos ha llegado desde la antigüedad, hoy templo protestante y antaño salón del trono del palacio de Constantino I el Grande. Espectaculares son también la iglesia de Nuestra Señora y la adyacente catedral de San Pedro, construida entre los siglos IV y XVII y en la que cada elemento permanece fiel al estilo de la época en que fue añadido.
Al caer la tarde partimos de Trier con nuestra mirada puesta en el cercano Gran Ducado de Luxemburgo. Allí encontramos refugio en el pequeño pueblo de Buerglënster, enclavado en lo más recóndito de las montañas del distrito de Gravenmachter. La sobrecogedora imagen de la sombra de su castillo de cuento de brujas cerniéndose sobre la población se evaporó en cuanto escalamos hasta su misma puerta para descubrir que había sido convertido en un complejo de restaurantes y salas de exposiciones. Con la tranquilidad de saber que no habíamos ido a caer en un pueblo maldito, dormimos como nunca antes.







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