Ya bien alimentado nuestro tiro reanudamos el periplo, internándonos en los oscuros y boscosos montes de Renania. De pronto, casi sin esperarlo, ¡de la nada surgió Aquisgrán! Ésta es una pequeña ciudad de innegable carácter carolingio, habitada por unos dos centenares de miles de almas, todas ella bien guardadas por su catedral, hermosa por fuera, soberbia, magnífica, sobrecogedora, imponentísima por dentro. No creo que haya palabras para describir lo que uno experimenta ahí aislado, en el mismo centro de la catedral, que no es sino la capilla del palacio de invierno de Carlomagno; experiencia que se debe no al hecho de que uno se encuentre en el lugar en el que durante siglos fueron ceñidas las coronas a las cabezas de los hombres que se sentaron en el trono del Sacro Imperio Romano Germánico, sino más bien por su irrepetible belleza, sus increíbles dorados, sus frescos, su armonía, su luz.
Absolutamente maravillados, continuamos camino hacia nuestro destino del día: Colonia. Igual que Aquisgrán, Colonia se halla oculta en el bosque, adosada a la cicatriz que a lo largo de éste traza el poderoso Rin. Para no desacostumbrarnos de lo excepcional, a nuestra llegada nos esperaba la descomunal mole de piedra ennegrecida de ciento cincuenta y siete metros de altura que es su catedral. Agotamiento, vista general nocturna, cena saludable compuesta por veinte o treinta alitas de pollo rebozadas y bañadas en aceite –lo que implica el fallecimiento de diez a quince pollos y, de convertirse en costumbre, la mía propia… escalofriante- y sueño reparador en una posada de mala muerte.



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