Luxemburgo es un país minúsculo, diminuto, mínimo, ridículamente pequeño. En superficie se ve ampliamente superado por cualquier provincia española (salvo Guipúzcoa y Vizcaya, pero esas son caso aparte), y su medio millón escaso de habitantes se esparce a lo corto y estrecho más que a lo largo y ancho de su batiburrillo de distritos, cantones, comunas y ciudades. Aunque en el país tienen cierta importancia las industrias del acero, la química y algunas otras, su actividad económica se centra en el sector financiero, lo cual hace de Luxemburgo, de lejos, el primer país del mundo en producto interior bruto per cápica, pero por contra lo sitúa en un delicado equilibrio a expensas de las fluctuaciones del mercado. En cualquier caso, uno se da cuenta inmediatamente de que aquel es un lugar en el que no se debe de vivir nada mal, y si no no hay más que fijarse en sus coches, sus casas, o sus espacios públicos.

La misma existencia de Luxemburgo, su pervivencia hasta el día de hoy, es una de esas rarezas históricas que reducen al absurdo el mapa político europeo. Rodeada durante siglos por las principales potencias, sitiada, pasada mil veces de unas manos a otras, borgoñones, españoles, austríacos, holandeses, franceses, alemanes... y cada uno aportando una nueva muralla, un baluarte, una torre y qué se yo, hasta convertir aquel enclave en una fortificación magnífica, en un
Gibraltar del norte.

Tras dejar atrás la ciudad fortaleza, nos internamos en las ondulaciones de las Ardenas belgas, tachonadas de frondosos bosques cubriendo sus montes de piedra casi negra. A través de estos parajes impenetrables es por donde los nazis tomaron Francia y los Países Bajos en un par de meses, al principio de la Segunda Guerra Mundial, y también donde recibieron una herida mortal recién estrenado el año 45 que precipitaría el final de la guerra en Europa. Para recordar aquella batalla hay un par de tanques aliados en La Roche-en-Ardenne, población por cierto preciosa que conserva un señorial castillo negro del siglo XI y una iglesia que unidos a esos dos tanques conforman un cuadro cuanto menos pintoresco... será que les gusta la variedad.


Aquí nos encontramos con algunos compañeros de batallas que estaban destacados en estas tierras según el uso de los comandos, y a nosotros se unieron hasta la siguiente etapa: Rochefort. En esta pequeña villa destacan allá en lo alto las ruinas de su castillo, y más alto aún resulta de interés la réplica de la capilla de Loreto, virgen negra incluida.
De nuevo solos nos encaminamos a Dinant, ciudad que de pronto se te echa encima, abalanzándose a través de un tajo en la montaña que la sirve de muralla natural. Con el recuerdo de la abadía de Leffe en plena ruta de la cerveza, y de su peculiar catedral de cara al Mosa, a modo de muda testigo de la agonía de nuestro último día de viaje, ensillamos por última vez nuestras monturas y regresamos a Gante con la agridulce sensación que proporciona la conclusión de toda historia.


Quedan atrás más de mil kilómetros, mucha gente, y varias ciudades y pueblos con infinidad de nombres distintos cada uno, tantos como idiomas se han hablado alguna vez en ellos, reflejando la riqueza de su historia y la complejidad cultural que puede llegar a manifestarse en un área tan reducida y tan próxima. Queda seguir viajando, siempre.