jueves, 11 de marzo de 2010

"Bureau-crazy"

La Real Academia Española define la palabra burocracia en la vigésima segunda edición de su diccionario como la organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios. Y he ahí el primer problema: dirimir qué asuntos le son propios y cuáles no. Si ya tratar con una administración es una aventura épica, huelga decir que atravesar las oscuras aguas entre dos administraciones es un acto de heroísmo homérico. Y es que quien decide qué asuntos le son propios y qué asuntos le resbalan a la administración de turno es el conjunto de los servidores públicos, que no son más que la segunda definición que la RAE da de burocracia.

Ya aclarado este primer punto, surge la inevitable pregunta. ¿Hasta qué punto los servidores públicos se encargan de distribuir y gestionar los asuntos que le son propios de forma racionalmente ordenada, es decir, de trabajar, y hasta qué punto se dedican a perpetuar un sistema ineficiente con tal de mantener la cómodidad de sus puestos laborales? Por supuesto no digo que todos los funcionarios sean organismos parasitarios, sólo digo que lo son la mayor parte de aquellos con los que yo he tenido la fortuna de tratar (si usted es uno de ellos, por favor, no se dé por aludido, es usted una admirable excepción, un rayito de luz en las tinieblas, una flor hermosa creciendo entre el fango). Lo que realmente quiero expresar es mi personalísima apreciación de que el funcionario medio disfruta de una excesiva libertad en cuanto al cumplimiento de su deber se refiere. Que esto coincida casi literalmente con la tercera definición de buracracia de la RAE (ligeramente peyorativa, por cierto) es pura coincidencia.

Pero centrémonos, no quisiera que esta entrada diera la impresión de un barco navegando sin nadie al timón. Todo este hartazgo que estoy vertiendo aquí vendrá a cuento de algo, digo yo. Pues si, viene, y es que como ya comenté anteriormente, desde el 18 de febrero no soy estudiante de la Universidad de Gante a ojos de la administración. Anda, ¿y eso? Pues muy sencillo, tengo caducada la tarjeta sanitaria europea (que para quien no lo sepa es un pedazo de plástico azul plano de unos 8 x 5 centímetros que no sirve para nada más que para que el funcionario de turno de la ventanilla del hospital te diga que eso no sirve para nada, que los españoles tenemos mucha cara, y que esto no es una urgencia aunque dos horas después te diagnostiquen una pulmonía). Claro, dirán ustedes que cómo me voy a hacer las europas con la tarjeta caducada... pues bien, eso no es exactamente asi. Mi tarjeta tenía validez hasta el 17 de febrero del presente, por lo tanto el funcionario en cuestión de la dirección provincial de Valladolid, aún poniendo mucho ahínco, no pudo hacer nada por darme una tarjeta nueva antes de venirme para acá en septiembre. La solución era sencilla: como dependo de la seguridad social de mi madre dada mi condición de becario, solicito la tarjeta por internet y mi madre me la envía por correo. Brillante. ¡Lo que no pude imaginar entonces es que el funcionario, que por naturaleza es simpático y trabajador a más no poder, me estaba tendiendo una vil trampa! Y es que via internet el sistema me devuelve un error al solicitar mi tarjeta, ¡y a mi madre no le pueden decir cuál es el problema porque la ley de protección de datos lo impide! ¡Pardiez, qué astucia la del funcionariado, así tendrán que tramitar una tarjeta menos!

Todo esto es lo que acabó haciéndome dar con mis huesos en el Consulado General de España en Bruselas, que es uno de los lugares más caricaturescos y divertidos que conozco fuera de la Rue del Percebe. Veremos a ver si sirven de algo mi fotocopia compulsada del DNI al módico precio de 5 (cinco) euros europeos y 50 (cincuenta) céntimos de euro europeo y mi escrito declarando mi disposición para que a mi propia madre le permitan el acceo a mis datos de la seguridad social, que son los suyos... ¡Dios!

Por ahora lo único que saco en claro es que la definición más ajustada de burocracia es la que ocupa la cuarta y última entrada en el diccionario de la RAE, y que cito textualmente: Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

3 comentarios:

  1. El funcionario común (nombre científico: burocratum unneficien) es una especie parasita del hombre cuya prevalencia no hace más que aumentar en las sociedades desarrolladas. La ausencia de vacunas eficaces y de tratamientos adecuados, unidos a la elevada dificultad de la extirpación de los abcesos que generan en la administración pública hace que hoy por hoy, sea casi imposible encontrar una que no esté vilmente infectada.
    La amplia distribución de las variantes malignas de la especie tiene su origen en el desarrollo del síndrome llamado "Unión Europea" que se caracteriza por una extraordinaria variación en los procedimientos de actuación que hace que el trabajo administrativo se ralentice hasta casi bloquearse, promoviendo el colapso de todos los centros administrativos, cuya adaptabilidad a las circunstancias especiales es prácticamente inexistente.
    El cáncer se extiende lenta pero inexorablemente y acaba causando la muerte del individuo por asfixia motivada por un exceso de burocracia.
    Hala cómo se me va la pinza...

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  2. Qué va, no se te va, al contrario... eso es lo malo.

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  3. Me parece que el autor de este blog es un jodido irresponsable, ¿cómo puede una persona sensible hacia las pesadillas burocráticas adentrarse en una jungla llamada Erasmus?. Es como si un alérgico a las nueces se come media tonelada del tirón. Con todas mis condolencias e indignación hacia la situación, dicho sea de paso...

    ¿Para qué pagamos a gente para que sea experta en procedimientos burocráticos si para hacer cualquier cosa tenemos que ser nosotros mismos expertos en procedimientos burocráticos porque nadie nos hace ni caso?

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