martes, 30 de marzo de 2010

¡De locos!

Volvamos al asunto aquel de mi calidad de estudiante en el limbo. En resumen -que no merece la pena extenderse-, según mi oficina de la Seguridad Social (en adelante, las SS) mi tarjeta sanitaria está correctamente tramitada, pero la han extraviado en correos. ¡Bellacos, cómo han podido! Suerte que al rescate apareció otra oficina de las SS, la de Salamanca, donde visto lo visto deben de tener atribuciones especiales emanadas directamente de Su Majestad en persona, o del Santo Padre, dado que allí es donde comenzó el fin de mi aventura, donde me fue devuelta mi ciudadanía en forma de certificado provisional sustitutorio. Eso sí, hasta abril, no vaya a ser que me crezca.

De modo que allá me voy yo con mi papelote, escrito en perfecto castellano para que aquí no lo entiendan, hacia el Rectoraat, pensando en todas las descalificaciones e improperios que voy a vomitar en la cara del Exchange Student Advisor cuando me diga que mi salvoconducto no sirve y que "I can't do nothing"... y va el tío y no sólo no me pone ninguna pega, sino que me extiende la matrícula hasta junio. ¡Toma ya! Y va y me dice que bueno, que a él no le importa tanto eso del seguro médico, que es cosa mía, para estar cubierto por si me pasa algo y esas cosas... ¡pues eso mismo me podrías haber dicho antes, macho! Así que ahí estaba yo, con otro papel aún mejor que el de antes, entre furioso, estupefacto y eufórico, frente a frente con ese hombre tan increíblemente poderoso, diciendo con mi vocecita temblorosa "dank u wel" y echando a correr no fuera a ser que Su Excelencia cambiara de parecer.

Ahora tan sólo queda el último de los trabajos de Hércules: recuperar mi conexión a internet. Dios, empiezo a estar harto de esta broma...

viernes, 12 de marzo de 2010

Hoy se le ha consumido la hoja roja a Don Miguel Delibes Setién, escritor. Sólo caben buenas palabras hacia él, que supo describir tan precisa, justa y fielmente a Castilla y a los castellanos.

Gracias, Don Miguel.

Descanse en paz.

jueves, 11 de marzo de 2010

"Bureau-crazy"

La Real Academia Española define la palabra burocracia en la vigésima segunda edición de su diccionario como la organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios. Y he ahí el primer problema: dirimir qué asuntos le son propios y cuáles no. Si ya tratar con una administración es una aventura épica, huelga decir que atravesar las oscuras aguas entre dos administraciones es un acto de heroísmo homérico. Y es que quien decide qué asuntos le son propios y qué asuntos le resbalan a la administración de turno es el conjunto de los servidores públicos, que no son más que la segunda definición que la RAE da de burocracia.

Ya aclarado este primer punto, surge la inevitable pregunta. ¿Hasta qué punto los servidores públicos se encargan de distribuir y gestionar los asuntos que le son propios de forma racionalmente ordenada, es decir, de trabajar, y hasta qué punto se dedican a perpetuar un sistema ineficiente con tal de mantener la cómodidad de sus puestos laborales? Por supuesto no digo que todos los funcionarios sean organismos parasitarios, sólo digo que lo son la mayor parte de aquellos con los que yo he tenido la fortuna de tratar (si usted es uno de ellos, por favor, no se dé por aludido, es usted una admirable excepción, un rayito de luz en las tinieblas, una flor hermosa creciendo entre el fango). Lo que realmente quiero expresar es mi personalísima apreciación de que el funcionario medio disfruta de una excesiva libertad en cuanto al cumplimiento de su deber se refiere. Que esto coincida casi literalmente con la tercera definición de buracracia de la RAE (ligeramente peyorativa, por cierto) es pura coincidencia.

Pero centrémonos, no quisiera que esta entrada diera la impresión de un barco navegando sin nadie al timón. Todo este hartazgo que estoy vertiendo aquí vendrá a cuento de algo, digo yo. Pues si, viene, y es que como ya comenté anteriormente, desde el 18 de febrero no soy estudiante de la Universidad de Gante a ojos de la administración. Anda, ¿y eso? Pues muy sencillo, tengo caducada la tarjeta sanitaria europea (que para quien no lo sepa es un pedazo de plástico azul plano de unos 8 x 5 centímetros que no sirve para nada más que para que el funcionario de turno de la ventanilla del hospital te diga que eso no sirve para nada, que los españoles tenemos mucha cara, y que esto no es una urgencia aunque dos horas después te diagnostiquen una pulmonía). Claro, dirán ustedes que cómo me voy a hacer las europas con la tarjeta caducada... pues bien, eso no es exactamente asi. Mi tarjeta tenía validez hasta el 17 de febrero del presente, por lo tanto el funcionario en cuestión de la dirección provincial de Valladolid, aún poniendo mucho ahínco, no pudo hacer nada por darme una tarjeta nueva antes de venirme para acá en septiembre. La solución era sencilla: como dependo de la seguridad social de mi madre dada mi condición de becario, solicito la tarjeta por internet y mi madre me la envía por correo. Brillante. ¡Lo que no pude imaginar entonces es que el funcionario, que por naturaleza es simpático y trabajador a más no poder, me estaba tendiendo una vil trampa! Y es que via internet el sistema me devuelve un error al solicitar mi tarjeta, ¡y a mi madre no le pueden decir cuál es el problema porque la ley de protección de datos lo impide! ¡Pardiez, qué astucia la del funcionariado, así tendrán que tramitar una tarjeta menos!

Todo esto es lo que acabó haciéndome dar con mis huesos en el Consulado General de España en Bruselas, que es uno de los lugares más caricaturescos y divertidos que conozco fuera de la Rue del Percebe. Veremos a ver si sirven de algo mi fotocopia compulsada del DNI al módico precio de 5 (cinco) euros europeos y 50 (cincuenta) céntimos de euro europeo y mi escrito declarando mi disposición para que a mi propia madre le permitan el acceo a mis datos de la seguridad social, que son los suyos... ¡Dios!

Por ahora lo único que saco en claro es que la definición más ajustada de burocracia es la que ocupa la cuarta y última entrada en el diccionario de la RAE, y que cito textualmente: Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas.

martes, 2 de marzo de 2010

Mechelen

Mechelen, que en la voz enlatada del tren suena algo así como mékelen, es una de esas ciudades flamencas que parecen hechas con molde: unos cuantos canales por aquí, un par de torres por allá, un puñado de iglesias, ayuntamiento resultón, fachadas rematadas con frontones algo estrambóticos, y voilà! Pero en Mechelen se me combinaron un par de elementos que a mis ojos la hacen diferente a las demás.

El primero, dados sus escasos tres metros para los cien, se ve a simple vista, y es la torre de la catedral de San Romualdo. Vale, no es la más alta de Bélgica, pero desde luego a mi me lo pareció. Será culpa de la perspectiva de la plaza, del degradado del color de los sillares, de su peculiar planta, de su "parece que va a seguir pero no", o qué se yo, pero algo hay que la engrandece. Eso sí, es aún más impresionante por dentro que por fuera, y ya es decir. Uno se da cuenta de esto al llegar a una altura ya respetable y encontrarse perdido en un bosque de campanas (¡cuarenta y nueve, nada menos!) y de pronto hacerse en punto y parecer que el eco va a abrirle el pecho en dos. Y entonces continúa la subida, y sin tiempo para recuperar el aliento 538 escalones más tarde, lo vuelve uno a perder al salir a la azotea y sentirse encerrado en una celda irónica de paredes invertidas... y aqui viene el segundo punto diferenciador de Mechelen, que a diferencia de la torre no está ahí siempre, sino sólo durante mi visita: la dichosa ciclogénesis explosiva, que en lo más alto de la más alta torre de la ciudad asusta un poco, a pesar de tener un nombre que de primeras suena ultra poético.

El caso es que eso de ciclogénesis explosiva no es un término tan poético. De hecho, es más bien séptico, desagradable y brutal. Tanto que describe a la perfección los sentimientos que profeso ahora mismo hacia la burocracia, la española y la belga, que lo mismo me dan. Pero esa es otra historia que trata sobre mi condición actual de no-alumno de la Universidad de Gante y que quizás me apetezca contar cuando haya salido de este entuerto, si es que salgo, claro. En fin, que muy bonita Mechelen, no dejen de visitarla.